Prólogos feroces. Yo fui tiroteado por René Char. (2)

Decía la última vez que mis veinte pobres años llevaron consigo la impresión producida por el apunte preciso elegido por Riechmann para introducir a Char, un estilo que me congeló, quizás debido a ese gusto por lo exacto –por las facetas regulares- de la juventud recién alcanzada (luego uno descubre y adora la asimetría, como es natural; años después se elige si la simetría apetece a nuestro carácter o no):

rápido acceso a una deslumbrante madurez poética.
También pudo ser el cebo que representa la palabra madurez, de eso hablamos más adelante. Estuve en manos de Riechmann ese día. Escribe su prefacio a La palabra en archipiélago en vida del poeta francés –a quien conoce los días 1 y 4 de marzo de 1985 en su casa (muere tres años después)-, lo tiene delante y dice de él: ha visto morir y se ha visto obligado a dar muerte (participa en la Resistencia en los Bajos Alpes entre 1942-44)[1] Maravillas comunicadas y muertes comunicadas, finales transmitidos por Char y traducidos por Riechmann.
Puede que mi lectura de Char haya ido madurando también –eso quiero creer-, y a la vez que sigo deslumbrado por muchos de sus libros contraigo una deuda muy personal con él de la que a veces no estoy suficientemente al tanto. La culpa de ello la tiene el lugar que ocupa René Char en Célinegrado.

Las noches que me toca hablar aquí preparo sólo los alrededores de lo que quiero decir, juego a ver qué sale. La propaganda de Célinegrado no es gratis, como ya sabréis –a vosotros os hablo, a todos los que habéis venido por el anuncio, por los carteles- por la calidad de los carteles que invitaban a esta ¿función? (función, espectáculo de la crítica, si queréis).
El tema prometido era el de los prólogos de altura. No me he dado cuenta de cómo eso me llevaría irremediablemente a recordar que El compañero mortal -¡pero corred a buscarlo! pertenece a la sección “Poemas de los dos años”, ¿aún no me he ganado ni un poco de vuestra confianza?-, que Le mortel partenaire, digo, lleva diez años colocado en mi estandarte.
¿Cuál era el eslogan de alguno de esos carteles, los apuntáis alguna vez?
En el centro de la poesía un contradictor te aguarda. Es tu soberano. Lucha realmente contra él.

Con explosiones en el interior, añadía la publicidad (este verso es nuestro).
La preocupación de esta ciudad capital vuestra y mía, Célinegrado, por su adversario (por lo que llamamos nuestro adversario, así, en negrita) es una constante que sólo a aquellos para los que hoy es su primera noche resultará algo desusado. Está bien pensar, como ya he oído a alguno fuera de aquí, que Cuaderno Célinegrado es la Cúpula del trueno de algo más extenso. No sé qué deciros. Puede que esto no sea más que la reflexión hecha por humanos musculosos en un futuro que hubiese arrasado químicamente la hermenéutica.
Considero más acertado subir al estandarte todo Hojas de Hipnos:
El esfuerzo del poeta apunta a transformar viejos enemigos en leales adversarios.
Me he salido de nuestro tema como un animal, disculpadme. Volveré a empezar.
__________
[1] escribe a modo de diario de guerra, Hojas de Hipnos (1946).

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