«La cara amable de lo insoportable»

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[Entrevista a Donald Ray Pollock aparecida en el número 5 de la revista Standdart, 1 de noviembre de 2011]

Lo habitual y lo que encontramos sin apenas esfuerzo electrónico es una cierta clase de entrevista que se acerca al autor de Knockemstiff por el camino correcto. La ironía está suspendida por completo en lo que digo, lo prometo, pero, ¿por qué no intentamos llegar no sé adónde por medio de una excursión a través del camino equivocado? Usemos un poco de pas savoir faire, si eso existe y si se dice así. Se me ocurren pocas personas más atractivas para este intento de entrevista sobre hielo que Donald Ray Pollock, un escritor que descubre que lo es casi a los cincuenta años de edad. El camino limpiado a medias por el autor y los lectores que nos preceden ya no es suficiente. Hablemos con más claridad.

Por otra parte, si terminamos demasiado lejos de Pollock, me comprometo a llamar a un amigo para que nos acerque en coche a la mente del hombre que está detrás del libro mencionado o de la novela El diablo a todas horas, publicada por Doubleday este mismo año.

¿Qué opina de la juventud como tema literario, como materia inevitable para el escritor que escribe sobre humanos?

Flannery O’Connor decía que cualquiera que hubiese vivido lo suficiente como para alcanzar la adolescencia (creo que era algo así) tendría material de sobra para escribir durante el resto de su vida. Y, aunque no estoy seguro de que esto aplique en todos los casos, sí que soy consciente de haber prestado mucha más atención a las cosas y de haberme sentido más vivo cuando era joven que ahora, y eso, por supuesto, tiene que ver con una especie de hastío y desencanto que se apodera de nosotros a medida que nos hacemos viejos. No creo que se deba únicamente a la enorme cantidad de material que se puede extraer de esos primeros años, sino al hecho de que muchos escritores están siempre mirando atrás, hacia ese momento concreto de sus vidas, suspirando, lamentándose por que haya acabado, y, de esta forma, consiguen que esa época acabe convirtiéndose en algo acerca de lo que sienten que deben escribir.

Su trabajo en el matadero y en la fábrica de papel (conduciendo el camión de las cenizas) ¿ha marcado en algún aspecto su manera de trabajar la literatura?

Me pasé unos treinta y tres años (treinta y dos de ellos en la fábrica de papel) desempeñando trabajos de operario. Así que, si eso no me hubiese influenciado —en cuanto a material para historias, lenguaje, tendencias de clase, arrepentimientos, etc.—, no sería escritor. Para un escritor todo acaba siendo una influencia, aunque supongo que es normal no darse cuenta en el momento: la gente con la que te encuentras en el Wal-Mart, la carretera de dos carriles por la que tienes que conducir para evitar la monotonía de la interestatal, el gato callejero al que alimentas en el porche trasero, etcétera. Como dicen muchos, antes de que el joven escritor se gradúe o escriba su primera novela debería, por ejemplo, pasar, como mínimo, un año o dos vendiendo zapatos o trabajando en un local de comidas rápidas. Ensúciate las manos primero y tal vez te salves de escribir esas chorradas ombliguistas.

¿Cómo sería un libro de relatos con personajes que han logrado salir de Knockemstiff? Fuera de ese radio de acción, ¿sería posible una narración luminosa o caería en el cinismo?

Hasta donde yo sé, las curas geográficas no funcionan con la mayoría de las personas. Puedes llevarte a un borracho de Ross County a la puta China que lo más probable es que siga teniendo un problema con el alcohol. Todas estas personas sueñan con huir de la hondonada porque piensan que sus vidas serían mejores si viviesen en cualquier otra parte. Les ocurre lo que a esos que creen que solo se puede ser feliz con una casa más grande o con el último teléfono móvil. No se dan cuenta de que el 90% de esa felicidad que persiguen solo puede proceder de su interior y que la mayoría de sus insatisfacciones se las crean ellos mismos. Sé que suena a mierda barata, como un sermón colgado en la pared de la abuela, pero he llegado a la conclusión de que es verdad, al menos en mi caso. Así que, aunque una narración luminosa siempre es posible, dudo que dependa de si huyen o no de aquel lugar.

Parece claro que la situación desencadenaría en usted el humorismo, pero ¿qué cara del humor? ¿La cara amable de lo insoportable?

La verdad es que no tengo ni idea. No suelo calcular nada, salvo en contadísimas ocasiones, de modo que no puedo dar una respuesta honesta a la mayoría de preguntas del estilo “qué pasaría sí”. Dicho esto, espero seguir usando el humor en mi trabajo en la medida de lo posible, aunque no sea un humor ligero, ñoño o lo que sea.

Da la sensación de que para reírse, en Knockemstiff, uno debe ser nativo del lugar o saber ponerse en ese papel. Su fuerza no está en lo chocante, creo, sino en algo que parece surgido de negociaciones difíciles de confesar entre el autor y sus personajes.
En primer lugar, no encuentro que el libro sea tan chocante. Si lees cualquier periódico, podrás encontrar cosas bastante más chocantes en el día a día del mundo real. Un maníaco asesina a 33 jóvenes en Noruega, sólo para intentar imponer sus tendencias políticas. Probablemente alguien asesine un niño en América cada día. Cuando la gente está viendo este tipo de cosas en las noticias a diario, no entiendo cómo un escritor puede resultar chocante con su ficción, aunque presumo que será la demostración del poder de la Literatura. En mi opinión, la fuerza del libro, si es que la tiene, radica en mis esfuerzos por retratar a estas personas con honestidad y sin una gota de sentimentalismo.

Con la traducción de su libro y teniendo en cuenta que no lo leeremos en el idioma en que tiene lugar, ¿cree que el extrañamiento es doble o, al contrario, la violencia del impacto es menor que la que pueda sentir un norteamericano viendo retratados así a hombres y mujeres cercanos?

Bueno, para empezar, creo que lo correcto es decir que el libro es extraño, más que chocante. El libro está plagado de gente estrafalaria y situaciones estrambóticas. En cuanto a que en España la reacción sea distinta a la de aquí, no sé hasta qué punto puede importar. Por poner un ejemplo, a muchos norteamericanos les resultó chocante la novela Las Benévolas, de Jonathan Littell, sobre un oficial de las S.S. ¿No fue parecida la reacción en Europa? De todos modos, no estoy en condiciones de valorar la fuerza de la traducción porque (y odio tener que admitir esto) mi español no es tan fluido como para poder leerlo.

Si le prohibiesen usar el humor, ¿dejarían de ser sus argumentos negros, obscenos o violentos?

Dudo que eso supusiese la menor diferencia. Siempre he visto el mundo como un lugar triste y atormentado, ha sido así durante la mayor parte del tiempo, y todo el humor que seas capaz de encontrar en esta vida te ayudará a superarlo. La novela que acabo de publicar este verano, El diablo a todas horas, tiene muy poco humor, pero sigue siendo un libro oscuro y descarnado.

¿Cree que habrá lectores para quienes su crudeza habrá supuesto la imposibilidad de varias ocasiones de empatía a lo largo del libro? No sé si escribe con la conciencia de estar restringiendo la respuesta de su público a medida que toma una u otra decisión sobre la trama.

Al cabo del día, yo creo que el escritor ha de caer en la cuenta de que no puede gustar a todos por igual. La crudeza de la que hablas está ahí porque la vida es, a menudo, muy jodida, y no soy de esa clase de personas a las que interesa escribir cuentos de hadas e historietas con final feliz. No me malinterpretes, creo que hay un lugar para esas historias, pero no seré yo quien escriba sobre ellas. Quiero decir que hay gente que llega a casa tan jodida y cansada de sus vidas que sólo buscan hacerse un ovillo leyendo algo agradable y facilón. Como todas esas películas felices que se hicieron durante la Gran Depresión: aunque la mayor parte de ellas fue pura bazofia, ayudaron a mucha gente a recuperar su buen humor, sirvieron como bálsamo para las miserias que arrastró consigo una economía putrefacta.

Esa trama parece precisamente impulsada en desnivel por las elecciones de la prosa. No creo que haya un plan lleno de exactitudes en el origen del libro. Los personajes están vivos para poder estar generosamente jodidos.


Soy el primero en reconocer que el libro es un pelín tendencioso, y que en él no se reflejan los aspectos más dulces y amables de Knockemstiff. La mayoría de la gente, de todas formas, está un poco jodida, aunque no se dé cuenta o se niegue a admitirlo. Leí hace poco en las noticias de internet que un gran porcentaje (una cifra importante que no consigo recordar ahora, puede que el 50%) de los europeos son enfermos mentales. Si esto es así, imagino que aplicará para toda la civilización occidental y probablemente también para la de Oriente Próximo. Aún así, soy consciente de que tal vez me detenga demasiado en lo problemático y eso nos lleva a esas irregularidades de las que hablas.

¿Y no se siente responsable de desolar así a niños y mayores? ¿No hay posibilidad de confortar de alguna manera a la Chica de las Barritas de Pescado o a Vernon escribiéndoles unos párrafos de vida menos… bajo cero, menos extremos?

Bueno, desde luego, en la ficción siempre existe esa posibilidad. Podría haber hecho que les tocase la lotería, o haberlos convertido en estrellas del porno, o retirarlos a un monasterio. Como sea, preferí ser honesto antes que dar de comer al lector un montón de merengue. No creo que la mayoría de vidas acaben tan felizmente. Si no me crees, vete a cualquier residencia o centro asistido y mira a tu alrededor, a todas esas personas que han tenido la “fortuna” de haber vivido lo bastante como para que las llevasen allí. Por otra parte, si lo piensas, existen millones de casos de personas reales en el mundo bastante peores que el de la Chica de las Barritas de Pescado.

Encuentro en los 18 cuentos del libro gente que es decididamente «carne de extra» como personajes y que, sin embargo, está claro que viven en spin-off en los fuera de plano de la narración. ¿Está buscado? ¿Tienen historia y vida autónoma algunos de estos secundarios? ¿Volveremos a leer sobre ellos?

Hank, el chico del almacén, hace un par de apariciones en el nuevo libro. Habrá muchas oportunidades para que algunos personajes de mis libros vuelvan a aparecer, porque lo más seguro es que fije Ohio como escenario de ficción. Me gusta intentar conectar así los libros, en lugar de volver a colocarlos a todos en la misma escena.

En España algunas reseñas alaban el libro, pero puntualizan que Knockemstiff es una suerte de convención literaria, que debemos entenderlo como una exageración buscada, un espacio irreal. ¿No le parece, de alguna manera, ofensivo este empeño en ver en las cosas únicamente lo que se quiere ver?

Desde luego que me intereso en saber si a la gente le gusta o no el libro, pero no hasta el punto de encontrar ofensivas las opiniones desfavorables. Me di cuenta muy pronto de que a muchas personas no les iba a gustar el tipo de cosas sobre las que escribo, y eso está bien. También hay un montón de libros por ahí que no me gustan. Si un escritor intenta contentar a todo el mundo, probablemente conseguirá no gustarle a nadie. Limítate a intentar escribir la historia que quieres contar. Es mejor que el escritor no se preocupe demasiado por esas cosas.

¿Se siente cómodo con definiciones como novela negra rural o gótica?

Desde luego. A veces, la gente necesita clichés para empezar una conversación y esas etiquetas son tan buenas como cualquier otra. Además, creo que algo como novela negra – rústica – gótica describe estupendamente el trabajo que he hecho hasta ahora. De todos modos, a los lectores a los que desmotivan descripciones como negra rural o gótica probablemente tampoco les gustaría mi trabajo.

¿Qué prepara después de la novela publicada en Doubleday?
Estoy trabajando en otra novela, pero aún estoy con el primer borrador. Sólo puedo decir que la acción tiene lugar en 1918 en Ohio, aunque creo que debería mantener mi boca cerrada.

¿Ha considerado la idea de escribir una autobiografía en algún momento?

Mi vida no ha sido tan interesante, así que no, la verdad es que no, aunque soy consciente de que continuamente se están publicando memorias de personas que no han hecho absolutamente nada que merezca ser contado. Por ejemplo, la hija de Sarah Palin ha escrito una, y su ex-novio está haciendo lo mismo. Esto ocurre porque estamos obsesionados por la gente famosa, pero sigo sin encontrar respuesta cada vez que intento entender cómo alguien puede perder su tiempo leyendo semejantes estupideces. Por otra parte, hay que tener en consideración el factor sinceridad: si no vas a ser honesto, algo realmente duro cuando tienes que hablar a los demás sobre tu vida, entonces, ¿para qué molestarse? La mayoría de los que escriben sus memorias –George W. Bush y Dick Cheney son ejemplos recientes– tienen sus egos tan hinchados o sus agendas son tan secretas que es imposible que hablen sobre ellos mismos con sinceridad. En lugar de desnudar sus almas, sólo intentan justificar sus cagadas, jugando al juego de repartir culpas, prolongando sus mentiras en un último intento por limpiar su imagen.

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