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Antoine Volodine        Lutz Bassman         Manuela Draeger            Eli Kronauer

«No soy el embajador de la lengua francesa, lo soy de mis personajes»

 

En algún momento le han enjaretado el sobrenombre no del todo justificado de «Céline de la ciencia ficción» (Antoine Volodine comenzó publicando sus novelas distópicas o, según su propia designación, «post-exotistas»[1] en la editorial Denöel, colección Présence du futur), aunque es probable que no le moleste cargar con más patronímicos. Porque si convenimos en que Volodine es su identidad principal, a continuación habría que poner sobre la mesa los nombres de Lutz Bassmann (una suerte de cronista del final de la clandestinidad), Manuela Draeger (cuando firma así, produce una literatura semi-infantil-terrible) y Eli Kronauer (fábulas medievales de aire ruso).

Por lo general, sus personajes son Untermenschen, musulmanes concentracionarios, murphys, molloys, malones de sonrisa vudú que no saben distinguir bien si dicen u oyen, si enuncian en voz alta o es la voz de otro la que reverbera en su oquedad. Sus Schlumm, Glouchenko, Babloïev, Weyloomaja, Ayïsch Omonenko o Maryama Koum parecen excursionistas recién llegados del infierno y abocados a una marcha de varios kilómetros de muerte todavía: en más de una ocasión, las novelas de Volodine o Bassmann relatan el viaje a trompicones de un cadáver. En este sentido, nos encontramos con dos leitmotivs recurrentes: uno es el libro de los muertos tibetanos, el Bardo Thödol (los difuntos disponen de cuarenta y nueve días para atravesar el Bardo, una especie de purgatorio, en busca de la forma en la que se reencarnarán); el otro es  una historia de la muerte de la revolución, del fracaso de los activistas, de la disidencia. El paisaje de fondo es un campo de concentración universal. Bardo or not Bardo (Éditions du seuil, 2004) sería la novela perfecta para ilustrar lo que decimos y divertirse con la frustración de unos protagonistas guiados por la voz que recita a la oreja de sus cadáveres el Bardo Thödol (como ese lector no conoce la lengua tibetana, termina leyendo un libro de cocina y unos textos surrealistas que tiene a mano, pero eso es lo de menos).

Recitación, canto o dictado, lo cierto es que en el post-exotismo prima una oralidad llevada a cabo sin excepciones por narradores-oficiantes, por decirlo así. El relato no les pertenece: lo han oído, lo han refundido; la historia que leemos es una historia que ha circulado y circulado, es un fermento, es algo que un día fue confidencial y hoy ha pasado por mil bocas; el relato post-exotista puede ser el speech de un comentarista deportivo, otras veces su autoría aparece atribuida a los integrantes de una comuna al completo: siempre nos encontramos con un subnarrador anónimo (no pasa de ser una presencia discursiva sin otra entidad). Un ejemplo es la premisa de Las águilas apestan: el subnarrador nos propone un protagonista, Gordon Koum, que camina entre las ruinas carbonizadas de un pueblo; se encuentra con un muñeco y, dado que Koum es ventrílocuo, le pone voz y sostiene con él una conversación; enseguida aparece en escena un pájaro, a quien el personaje también concede el don de la elocuencia. Estas tres voces discuten brevemente qué hacer, qué decir, por qué decir, y llegan a la conclusión de que lo justo es dedicar unas palabras a modo de homenaje al recuerdo de las vidas que en ese lugar se han perdido. Si la elección de patronímicos híbridos ya hace de los personajes de Volodine una designación genérica —de tan insituables—, lo único que queda claro del período histórico en el que tienen ¿lugar? los relatos post-exotistas es que no se trata de un post-apocalipsis, sino del resultado de un exterminio, de una «solución final» que da ocasión al humor negro (sólo hay que echar un vistazo a los títulos de algún relato: «Para hacer reír a Maroussia Vassiliani»).

Antoine Volodine es traductor, ya no tiene lengua materna; es un destetado voluntario. En su artículo «Escribir en francés en una lengua extranjera»[2] dice: «La lengua de mis narradores y narradoras no es una lengua nacional, en algunos casos apenas es una lengua humana; es la lengua de quienes a lo largo del siglo xx, y a pesar de sus esfuerzos, no han conocido más que la derrota. […] Hablan una lengua extranjera en respecto al mundo real, recurren a formas literarias ajenas a la literatura del mundo contemporáneo, se expresan mediante la invención de formas desplazadas de la novela.»

* Aparecido en la revista Granite & Rainbow nº 21, octubre 2012 (p. 61): http://www.graniteandrainbow.com/wp-content/uploads/2012/10/GR21.pdf

[1] Le post-exotisme en dix leçons, leçon onze; Antoine Volodine, Gallimard, 1998.

[2] Chaöid, n° 6, otoño-invierno 2002.

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