El arroz, el pez y el pepino, nacen en agua y mueren en vino: El Quijote a través del espejo

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Juan Francisco Ferré me ha dado la oportunidad de brindar con chispas (me refiero a las partículas candentes de la turbina, no a la celebrada Primera Colonia) por Cervantes entre estos nombres, muchos de ellos objeto de admiración antigua y moderna por mi parte:

Hugo Abbati, Ramón Buenaventura, Mercedes Cebrián, Doménico Chiappe, Mario Cuenca Sandoval, Eloy Fernández Porta, Laura Fernández, Juan Francisco Ferré, Esther García Llovet, Alfonso García-Villalba, Juan Goytisolo, Óscar Gual, Robert Juan-Cantavella, Reinaldo Laddaga, F. Martín Arán, Ana Merino, Vicente Luis Mora, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Alberto Olmos, Ernesto Pérez Zúñiga, Iván Repila, Julián Ríos, Màrius Serra, Germán Sierra, Carmen Velasco y Manuel Vilas.

Pueden encontrar más información aquí: http://edalibros.com/ultimas-publicaciones/60-el-quijote-a-traves-del-espejo-9788492821778.html

Un extracto de mi contribución, «Haceos miel y paparos han moscas»:

«—¿Qué horma, señores? ¡Si el demonio flaco y su Panza nos tundieron al de los Espejos y a éste vuestro que lo es en menos que bailan los bisturines una lenta sobre un muerto! La noche anterior pasé agradabilísimo coloquio con mi vecino Sancho y a punto estuve de revelarle las intenciones del bachiller Carrasco, embozado como caballero (si bien se vería de allí a poco espacio que, más que andante, había de ser corriente), mas al punto todo empezó a envoraginarse, no sé yo si por demasiado hacer puntería con la bota de vino, que a decir verdad, sí estuvimos quizás a punto de darnos muerte de arroz, pez y pepino, según la cantidad de vino aguado que nos metimos en el cuerpo, que habrían nadado en él mil salacias. Allí dio mi compadre escudero en explicarme un puñado de correrías que hacían buena la comida de los locos. De modo que me callé y dejé que me tratase como amigo, ¡poco podía suponer yo que habría de hacerme desdichado al amanecer y que sería para este su vecino peor que un pánzer llamado Sancho! Encaramado a un árbol, el muy hideperro saludaba entre oles los preparativos del combate, y hoy pienso que alguna porción de racha maléfica hubo de saber conjurar para que el bachiller se viese en el primer envite atravesado por la espalda y por la mala suerte a un tiempo, con perdón, que se quedó el pobrico atenazado por unos higos de dolor así de gordos, como chicharrones en las junturas de las extremidades, por veinte y cuatro horas.»

Y así casi seis mil palabras más, yo qué quieren que les diga.

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