«Pathetically, I once tried to rhyme “mascara” with “Fender guitar”».

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Un fragmento de ‘Naturaleza muerta con pájaro carpintero’, Tom Robbins

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«En cuanto a esos escritores que afirman poner un espejo delante de la realidad… debería bastarles con este ejemplo: durante la Segunda Guerra Mundial, en una época de apaciguamiento de las ofensivas, un piloto americano saltó en paracaídas al incendiarse su avión y fue a caer en una aldea cerca del mar interior de Seto, en Japón. Los lugareños —budistas devotos y completamente al margen del escenario de los acontecimientos y de las filosofías industriales, fascisto-sintoístas que habían desencadenado dichos acontecimientos— recogieron al piloto herido y lo atendieron. Lo mantuvieron escondido durante bastantes meses, pero acabó muriendo. La reverencia que los budistas sienten por toda vida hace que sean también muy respetuosos con las convenciones de la muerte. Aquellos aldeanos deseaban honrar al extranjero muerto con el enterramiento que le correspondía, pero las únicas prácticas funerarias que conocían eran las de su credo, como es natural, y eso hubiese sido del todo inapropiado.

Depositaron el cuerpo en un estanque helado y comenzaron a hacer averiguaciones sobre los hábitos funerarios cristianos con suma discreción para no levantar sospechas entre las autoridades. No tuvieron demasiada suerte. Finalmente, alguien logró introducir en la aldea la traducción al japonés de un libro escrito en lengua inglesa y que, presumiblemente, les proporcionaría la información que buscaban. El título del libro era Finnegans Wake. Ahora: si sois capaces de imaginar a aquellos campesinos remotos del Japón de 1945 intentando de todo corazón seguir el despertar de un borracho irlandés complicado por los juegos de palabras de James Joyce, os podréis hacer una idea de cuál es la relación que se establece entre un escritor, su máquina de escribir y esa realidad que se ve obligado a tocar con mano zurda, si es que quiere recrearla, aun cuando sepa muy bien la función que los árabes y los hindús tienen reservada a esa mano.)

No soy tan idealista como para esperar seriamente que la tecnología se vuelque ahora en el diseño de máquinas para artistas —porque si los novelistas consiguen máquinas de escribir de madera, los poetas exigirán que las suyas sean de hielo—. Es más probable que la tecnología acabe haciendo innecesaria la existencia de artistas; se acerca el día en que los ordenadores escribirán nuestras novelas, pintarán nuestros murales y compondrán nuestras melodías. Perdonad si me río, es que me estoy imaginando un ordenador —perfectamente programado para producir variaciones lógicas sobre las dieciocho posibles estructuras literarias— intentando arreglárselas con lo que sucedió en el ático de Leigh-Cheri. Si me río, quiere decir que la Remington SL3 ya puede ir preparándose para la que se le viene encima.»

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